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Millones de personas llevan años conviviendo con el reflujo. Después de comer sienten que el contenido del estómago regresa hacia el pecho o la garganta, presentan ardor, regurgitación, tos nocturna o incluso necesitan modificar lo que comen y la hora en que cenan para evitar los síntomas. Con el tiempo terminan incorporando estas molestias a su vida cotidiana y asumiendo que son normales. Pero acostumbrarse al reflujo no significa que lo sea.
Engels Lazala Almánzar, cirujano general de los Centros de Diagnóstico, Medicina Avanzada y de Conferencias Médicas y Telemedicina (Cedimat), explica que la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE) es una de las enfermedades digestivas más frecuentes del siglo XXI. Se estima que afecta aproximadamente a uno de cada cinco adultos en los países occidentales.
La obesidad, los cambios en los hábitos alimentarios, el sedentarismo y el envejecimiento de la población contribuyen a que su frecuencia continúe aumentando.
Es importante aclarar que reflujo y acidez no son sinónimos. La acidez o sensación de ardor es solamente una de sus manifestaciones. El reflujo también puede producir regurgitación, tos crónica, ronquera, carraspera, dificultad para tragar, dolor torácico o sensación de que los alimentos regresan después de comer. Algunos pacientes pasan incluso años tratando estos síntomas sin identificar su verdadero origen.
Complejo mecanismo
Entre el esófago y el estómago existe un complejo mecanismo que funciona como una barrera antirreflujo. El esfínter esofágico inferior, el diafragma y la propia anatomía de la unión entre ambos órganos trabajan conjuntamente para permitir que los alimentos lleguen al estómago y evitar que su contenido regrese hacia el esófago. Cuando este mecanismo pierde eficacia, aparece la enfermedad.
En muchos pacientes existe además una hernia hiatal, situación en la que una parte del estómago asciende a través del diafragma y altera aún más esa barrera. Este componente anatómico permite comprender que el reflujo no siempre es un simple problema de ácido; en determinados pacientes existe también un problema mecánico.
Producción de ácido
Los medicamentos que disminuyen la producción de ácido, en especial los inhibidores de la bomba de protones, han transformado su tratamiento. Son eficaces y continúan siendo la primera opción para una gran proporción de los pacientes.
Al reducir la acidez del contenido gástrico disminuyen los síntomas y permiten cicatrizar las lesiones del esófago, pero existe una diferencia que el paciente debe conocer: un medicamento puede disminuir la producción de ácido, pero no puede reparar una hernia hiatal ni reconstruir una barrera antirreflujo que ha perdido su función.
Esto explica por qué algunos pacientes pueden pasar años dependiendo diariamente de medicamentos y presentar nuevamente los síntomas poco después de suspenderlos.
También explica por qué otros continúan experimentando regurgitación a pesar de tener adecuadamente controlada la producción de ácido. Es precisamente en este grupo de pacientes donde la cirugía puede desempeñar un papel particularmente importante. La cirugía antirreflujo ha cambiado considerablemente durante las últimas décadas. Actualmente puede realizarse por laparoscopia, mediante pequeñas incisiones y utilizando cámaras de alta definición que permiten trabajar con precisión sobre una región anatómica compleja.
Hernia hiatal
Cuando existe una hernia hiatal, el estómago es llevado nuevamente a su posición normal y se reconstruye el hiato diafragmático.
Posteriormente se restaura el mecanismo antirreflujo mediante técnicas que se seleccionan de acuerdo con las características de cada paciente. El objetivo es diferente al del tratamiento farmacológico: no se busca reducir la cantidad de ácido que produce el estómago, sino impedir que su contenido ascienda hacia el esófago restaurando la barrera que debería evitarlo.
Los resultados pueden ser muy favorables cuando la indicación es correcta. En estudios con seguimiento prolongado utilizados por las guías de la Society of American Gastrointestinal and Endoscopic Surgeons, aproximadamente ocho de cada diez pacientes tratados quirúrgicamente mantuvieron control de sus síntomas a largo plazo.
La cirugía reduce considerablemente la necesidad de continuar utilizando medicamentos, aunque es importante señalar que algunos pacientes pueden volver a necesitarlos con el paso de los años.
La laparoscopia ha añadido las ventajas de la cirugía mínimamente invasiva: pequeñas incisiones, menor dolor postoperatorio, hospitalizaciones generalmente cortas y una recuperación más rápida. Esto ha contribuido a modificar aquella antigua percepción de que operar el reflujo debía reservarse exclusivamente como último recurso.
Pero no significa cirugía para todos. Su éxito depende fundamentalmente de seleccionar correctamente al paciente. Antes de operar es necesario demostrar que existe enfermedad por reflujo y determinar su mecanismo.
La endoscopia, la medición de la exposición del esófago al reflujo mediante pH-metría o pH-impedanciometría y la manometría esofágica permiten, cuando están indicadas, obtener información esencial para decidir qué paciente realmente se puede beneficiar.
Riesgo de cáncer de esófago
Ignorar la enfermedad y permitir una exposición persistente del esófago al contenido gástrico puede producir esofagitis, ulceraciones y estrechamientos. Se estima que aproximadamente entre 5 y 15 por ciento de los pacientes con ERGE desarrollan esófago de Barrett, una transformación del revestimiento esofágico asociada con un mayor riesgo de cáncer de esófago.
