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Lula y Bolsonaro entre Dios, el diablo, la violencia, el hambre y la sombra de Trump

Las encuestas son claras. Dan una ventaja a Lula da Silva de entre 3 y 15 puntos por sobre Jair Bolsonaro. Quaest dice que la intención de votos para la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas del 2 de octubre es de 42% para el petista y 34% para el presidente; Paraná Pesquisas 39,6% a Lula y 36,5% a Bolsonaro; IPEC 46 a 31; BTG/FSB 41 a 35; y Datafolha 45 para Lula y 34 para Bolsonaro. Los otros dos candidatos están muy lejos para lograr lo que se propusieron cuando entraron en la contienda, romper la bipolaridad. El centroizquierdista Ciro Gomes anda en el 7% y la liberal Simone Tebet en el 4%.

Todo indica que lo del 2 de octubre será apenas un trámite. Ninguno de los candidatos llega al 50% de los votos y todo se definirá en la segunda vuelta del 30 de octubre. Y en esos 28 días que transcurran entre una y otra ida a los centros de votos se jugará el futuro de Brasil y, en buena parte, de los países de la región. El regreso de Lula significaría un refuerzo a la línea de los triunfos de la izquierda no chavista que se dieron en los últimos tiempos con Boric en Chile y Petro en Colombia. Pueden coquetear con los bolivarianos de la década anterior, pero tratan de diferenciarse abiertamente de los Maduro, los Correa, los Ortega o los Kirchner. En un regreso, nadie cree que Lula vaya a cambiar demasiado el papel que le tocó actuar en su anterior presidencia. La permanencia de Bolsonaro traería cierto alivio a los inversionistas extranjeros y la economía local. Sería más previsible en ese sentido. Aunque no falta los que lo apoyan, pero temen que todo termine en una aventura más del estilo trumpista. Incluso, está dando vuelta el fantasma de que no reconocería el resultado en caso de ser derrotado.

Lo que dicen las encuestas tiene a los bolsonaristas sin cuidado. No creen en ellas ni en el orden electoral. El sistema de votación digital de Brasil está bien diseñado y probó hasta ahora ser seguro, pero las redes sociales están repletas de historias inventadas de fraude. Sólo el 25% de los partidarios de Bolsonaro dicen confiar “mucho” en el sistema electoral, frente al 60% de los partidarios de Lula. Un considerable 31% de los bolsonaristas no confía “en absoluto” en el sistema, un porcentaje que seguramente aumentará si su candidato pierde. Prefieren manejarse por el clima que marcan las redes sociales. Allí, Bolsonaro gana por mucho margen. Suma 43 millones de seguidores en Internet, el triple de los que tiene Lula. Los bolsonaristas son más, y mucho más activos en las redes. Los “Bolsoflix”, como llaman a sus videos que lanzan al estilo Netflix, tienen un éxito comparable al de las series de esa plataforma.

Lula haciendo campaña en Taboao da Serra. Allí habló del aumento de la pobreza en vastos sectores de la población y apeló nuevamente al voto de los evangelistas. REUTERS/Carla Carniel

Lula haciendo campaña en Taboao da Serra. Allí habló del aumento de la pobreza en vastos sectores de la población y apeló nuevamente al voto de los evangelistas. REUTERS/Carla Carniel

Y con esto, aparecen las mentiras, las “fake news” que le hacen considerable daño a los oponentes. Por ejemplo, el primogénito del presidente, Flavio Bolsonaro, está al frente de una campaña que ya impuso en las redes que si Lula llega a su tercer mandato va a cerrar todas las iglesias. Otra mentira que permeó entre el enorme electorado es que los petistas agitarían una educación en favor de los derechos de las minorías sexuales y que manipularían los planes para educar en igualdad y contra la homofobia en las escuelas. Y así, los bolsonaristas convencieron a millones de que un gobierno de Lula convertiría a todos los escolares en gays. Para contrarrestar esta campaña, los petistas no tuvieron más remedio que gastar varios millones de dólares en publicidades en Twitter, You Tube y Tik Tok.

La realidad fuera de las redes es mucho más dura. Brasil volvió a aparecer en el “Mapa del Hambre” de las Naciones Unidas con un 28,9% de la población padeciendo “inseguridad alimentaria moderada o severa”. Un aumento del 73% en los últimos dos años, según la Red Brasileña de Investigación en Soberanía y Seguridad Alimentaria (Penssan). En su período de gobierno, de 2003 al 2010, Lula había sacado a 30 millones de brasileños de la pobreza extrema y ahora usa esas cifras para incomodar al rival. Del otro lado le responden que todo eso lo hizo dentro de una corrupción inusitada que incluyó el pago de coimas al propio entonces presidente, por lo que estuvo un año y medio preso. Los bolsonaristas exponen otras variables de la macroeconomía. La inflación está bajando y en el último mes fue, incluso, negativa. Se espera que el crecimiento de la economía llegue este año al 2,3% y en 2023 aumente otro 0,5%. El desempleo bajó del 12,2% al 9,1%. Pero lo cierto es que 33 millones de los 215 millones de brasileños sobreviven a duras penas.

Y está el otro factor endémico, el de la violencia. Quedó claro en los últimos días cuando golpeó a las campañas. Un fanático de Bolsonaro mató a un compañero de trabajo que apoyaba a Lula luego de una acalorada discusión. El hecho sucedió en la zona rural de Confresa, el hombre mató a a puñaladas y hasta intentó decapitar a la víctima con un hacha. En otro incidente, un excandidato a concejal bolsonarista por la localidad São Gonçalo se agarró a golpes con un seguidor lulista en la antesala de un encuentro evangélico del líder opositor. Todo terminó con mucha sangre y heridas considerables. La violencia política en Brasil creció un 335% desde enero de 2019, según un estudio de la Universidad de Río de Janeiro (UNIRIO). Esta cifra representa 1.209 ataques a miembros del mundo político, incluyendo 45 homicidios a líderes, solamente en 2022.

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, durante el desfile militar para celebrar el bicentenario de la independencia de Brasil, que la oposición lo acusa de haber convertido en un acto partidista. REUTERS/Adriano Machado

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, durante el desfile militar para celebrar el bicentenario de la independencia de Brasil, que la oposición lo acusa de haber convertido en un acto partidista. REUTERS/Adriano Machado

La violencia social, endémica, continúa a toda vela. Un reportaje reciente de la revista Piauí mostraba que algunos barrios de Río de Janeiro tienen tasas extremas de homicidios. En Bangú, al oeste de la capital carioca, es de 13 por cada 100.000 habitantes, más del doble del promedio de Río que es de 6,1. Las favelas están controladas por los grupos de narcotraficantes. Vila Kennedy, por ejemplo, está bajo el mando del Comando Vermelho (CV); Vila Aliança, del Terceiro Comando Puro (TCP); Padre Miguel, de los Amigos dos Amigos (ADA). Y la Rua Catiri, que corta por entre esos asentamientos, está en manos de un grupo de milicianos de extrema derecha que combaten a los otros. Todas estas megabandas criminales tienen grupos correlativos en todas las ciudades, barrios y cárceles del país. El más notable, el Primer Comando de la Capital (PCC) que “gobierna” desde San Pablo, controla territorios en Paraguay y saca la cocaína hacia Europa por los puertos argentinos del río Paraná.

Lula y Bolsonaro tratan de escapar de estos males terrenales y apelan al voto clave de los evangelistas y católicos. El periodista y teólogo Juan Arias lo describió así: “El de Bolsonaro es el Dios de la ira y la venganza, o como ha escrito mi amigo el teólogo, Juan José Tamayo, es el del `cristoneofascismo y de la necropolítica´. Mientras que Lula, que es católico, se esfuerza por demostrar que su Dios es el de los desvalidos y el de la paz”. Ambos luchan contra sus propios demonios.

Miguel Barros, el niño de de 11 años que recibió donaciones de alimentos después de llamar a la policía porque tenía hambre, mira su casa en Santa Luzia, un municipio de Belo Horizonte, Brasil. (AFP)

Miguel Barros, el niño de de 11 años que recibió donaciones de alimentos después de llamar a la policía porque tenía hambre, mira su casa en Santa Luzia, un municipio de Belo Horizonte, Brasil. (AFP)

Los bolsonaristas dicen que su candidato es el Mesías (juegan con el segundo nombre de Bolsonaro) y el “escogido por Dios”. Lula estuvo la última semana en un encuentro con un grupo de pastores y fieles evangélicos disidentes de la cúpula de esa iglesia que apoya masivamente al presidente. “Dudo mucho que ningún otro haya garantizado la libertad de abrir una iglesia y de practicar la propia fe como yo lo he hecho siempre. ¿Qué por qué lo he hecho? Porque he entendido que el Estado no tiene que tener una religión, el Estado tiene que garantizar el derecho de crear todas las iglesias que se deseen”, les dijo. Estaba intentando contrarrestar la campaña en su contra en las redes y garantizar a los evangelistas que no va a perseguirlos de ninguna manera.

Claro que los dos antagonistas aseguran que “jamás fui a una iglesia en busca de votos, si no a manifestar mi fe”. Sin embargo, ambos juegan con las figuras de dioses y diablos para ganar adeptos o denostar al rival. Lo trascendente los preserva de lo terrenal y les suma votos.

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