En 1995, el científico descubrió un subtipo de la célula T previamente desconocido que tenía capacidad de suprimir la respuesta inmunitaria exagerada: las células T reguladoras.

Estas células, lejos de eliminarse, se desarrollan para ‘mantener la paz’ dentro del sistema inmunitario, actuando como moderadoras del resto del ‘ejército’ inmunitario.

El papel del gen Foxp3

Pocos años después, en 2001, Brunkow y Ramsdell empezar a estudiar ratones que sufrían una enfermedad autoinmune mientras trabajaban en una empresa biotecnológica en Estados Unidos.

Su investigación los llevó a identificar una mutación en el gen Foxp3 como la causa principal del problema.

«A nivel del ADN, era una alteración realmente pequeña que provocaba ese cambio enorme en cómo funcionaba el sistema inmunitario», explicó Brunkow, entrevistada por AP.

Posteriormente, los científicos descubrieron que ese gen resultaba ser crucial para el desarrollo funcional de las células T reguladoras.

La conexión definitiva

En 2003, Sakaguchi completó el rompecabezas al demostrar que Foxp3 es el gen maestro que dirige la formación y función de las células T reguladoras.

A partir de entonces, la comunidad científica supo que era precisamente la mutación en ese gen lo que impedía que las células T reguladoras se formaran correctamente, dejando al sistema inmunitario sin su mecanismo de freno.

Este hallazgo, a su vez, conectó directamente la existencia de estas células con la prevención de enfermedades autoinmunes, y consolidó la idea de que el cuerpo tiene múltiples capas de control inmunitario más allá del timo.

luismmolina / Gettyimages.ru

Hasta la publicación de las investigaciones de Brunkow, Ramsdell y Sakaguchi, los expertos no tenían tan claro lo complejo que era el funcionamiento del sistema inmunitario, con sus mecanismos reguladores para diferenciar entre células ajenas y células propias y evitar ‘daños colaterales’.    

¿Por qué es importante este descubrimiento?

Comprender el papel de las células T reguladoras tiene implicaciones enormes para la medicina, ya que ayuda a explicar por qué ciertas personas desarrollan enfermedades autoinmunes mientras que otras no.

Asimismo, permite abrir la puerta a nuevos enfoques terapéuticos: en lugar de suprimir todo el sistema inmunitario con fármacos, como ocurre actualmente, los científicos buscan maneras de potenciar o inducir células T reguladoras específicas.

Esto no solo tendría un impacto en enfermedades autoinmunes, sino también en trasplantes de órganos, donde el sistema inmunitario suele rechazar al órgano recibido como si fuera un invasor. Las células T reguladoras podrían ayudar a enseñar al cuerpo a «tolerar» el órgano trasplantado sin necesidad de que el paciente tome de por vida medicamentos inmunosupresores.

Un legado científico en evolución

Tal y como señaló el presidente del Comité Nobel, Olle Kampe, los descubrimientos de Brunkow, Ramsdell y Sakaguchi «han sido decisivos para comprender cómo funciona el sistema inmunitario y por qué no todos desarrollamos enfermedades autoinmunes graves».

Gracias al trabajo de estos investigadores, los estudios de este campo de la inmunología siguen evolucionando, y lo descubierto en 1995 aún sigue dando lugar a nuevas investigaciones y aplicaciones médicas.

Aunque todavía no existen terapias ampliamente disponibles basadas en células T reguladoras, la comunidad científica ya cuenta con las bases para desarrollarlas.

Actualmente hay más de 200 ensayos clínicos en curso que ponen a prueba nuevos tratamientos de ese tipo, según anunciaron en la ceremonia de la entrega del premio.

Con ello, el trabajo de Brunkow, Ramsdell y Sakaguchi, más que un hallazgo, es también una promesa: la de un futuro con terapias más precisas y eficaces para enfermedades complejas que hasta ahora han sido difíciles de tratar.  

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